Placentofagia, ¿es seguro comer la propia placenta?

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La placenta en las diferentes culturas

La placenta es muy importante durante el embarazo. Se trata de un órgano temporal que permite que los nutrientes y el oxígeno lleguen al bebé. Cuando el bebé sale del útero, también lo hace la placenta, pues su función ha concluido.

La mayoría de las veces suele ser desechada, aunque hay ciertos casos en los que los padres deciden enterrarla o practicar algún ritual, pero últimamente, algunas mujeres están optando por consumirla cruda, cocinada, en batidos o encapsularla.

Muchos argumentan que se trata de una práctica milenaria, pero no hay evidencias de ello.

Los indígenas Maorís, de Nueva Zelanda, la plantan junto a un árbol para establecer un enlace espiritual y sagrado entre la tierra y el bebé. En las tribus Navajo se hace para crear una conexión entre la tierra, el bebé y sus antepasados.

Es decir, que se trata de un respeto hacia la placenta, la cual no se puede comer. En la cultura Aymara se cubre con flores y se entierra bajo la sombra, acompañado de herramientas de labranza, si se trata de un varón, o con utensilios de cocina si se trata de una niña. Previamente, la partera frota un pedazo en una cubeta con agua para adivinar el futuro del recién nacido.

¿Qué dice la ciencia sobre comer la placenta?

Respecto a comerse la placenta, no hay estudios científicos que demuestren que esta práctica tenga algún efecto positivo en el organismo.

El autor Alex Farr, en su revisión sobre la placentofagia, afirma que no lograron descubrir ninguna evidencia científica de ningún beneficio clínico sobre dicha práctica entre los seres humanos, además de que no se retienen los nutrientes ni las hormonas placentarias en cantidades suficientes luego de la encapsulación para que sean potencialmente útiles para la madre luego del parto.

Más bien, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), advirtió sobre los riesgos de la placentofagia en un informe que publicaron en el que reportaron el caso de un bebé que había enfermado a causa de que su madre había tomado pastillas de su placenta deshidratada.

El bebé comenzó a presentar problemas respiratorios y, al hacerle las pruebas médicas, se le detectó una infección en la sangre causada por el estreptococo del grupo B, una bacteria que puede ser mortal para un recién nacido.

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El pequeño fue tratado con antibióticos y dado de alta, pero días después fue ingresado nuevamente porque no mejoraba, fue en ese momento cuando se descubrió que la madre había consumido pastillas con su placenta, tomando dos capsulas tres veces al día. Tras un análisis, se encontró que en dichas capsulas estaban las mismas bacterias que habían enfermado al bebé y que habían sido transmitidas a través de la leche materna. Esto llevó a que la CDC recomendase no ingerir placenta después del parto, pues, no existen estándares para procesar la placenta para su consumo y el hecho de deshidratarlas y convertirlas en pastillas no erradica los patógenos infecciosos.

 

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