frases de Georg Christoph Lichtenberg
Todo se aprende, pero no para exhibirlo sino para utilizarlo.
Una creencia aceptada se convierte en verdad. La ortodoxia de la razón atonta más que cualquier religión.
Antes de censurar, siempre se debería verificar si era posible ofrecer justificación.
Regla áurea: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones, sino por lo que estas opiniones hacen de ellos.
Ni siquiera los mejores saben mucho sobre lo que el hombre debería ser; sobre lo que es, se puede aprender algo de cada persona.
Para observar las relaciones más sencillas pero auténticas entre las cosas, se necesitan conocimientos muy complejos. Y no es extraño que sólo hombres extraordinarios hagan aquellos descubrimientos que luego parecen fáciles y sencillos.
La prueba más fuerte de una teoría es su aplicación.
Es casi imposible llevar la antorcha de la verdad a través de una multitud sin chamuscarle la barba a alguien.
Todo no puede funcionar a la perfección en el mundo, pues a los hombres aún hay que gobernarlos con engaños.
La costumbre es, en muchos casos, mala consejera. Hace que tomemos la injusticia por justicia y el error por verdad.
Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.
Ciertos hombres de mal corazón creen reconciliarse con el cielo cuando dan una limosna.
La inflación es como el pecado; cada gobierno la denuncia, pero cada gobierno la practica.
Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia.

El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.
El matrimonio, al contrario de la fiebre, comienza con calor y termina con frío.
No te dejes contagiar, no des ninguna opinión como tuya antes de ver si se adecúa a ti, mejor opina tú mismo.